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El niño cenizo


Desde niño, Samuel veía lo que otros no. Al principio eran manchas oscuras que se deslizaban por los rincones, sombras que se movían incluso cuando la luz estaba encendida. Mientras otros pequeños temían a los monstruos debajo de la cama, él simplemente los saludaba con la mirada, curioso, como si fueran vecinos silenciosos de otro barrio invisible.

Con los años dejó de contarlo. Sus padres pensaban que era imaginación, y sus amigos lo miraban raro si lo mencionaba. Así que aprendió a convivir con aquellas presencias que lo observaban desde esquinas imposibles. Se volvieron parte del paisaje, como el sonido de los grillos en la noche o el crugir de los muebles al bajar la temperatura. Ya no le daban miedo, más bien, lo acompañaban.

Pero el día que cumplió dieciocho años, todo cambió. La madrugada lo encontró despierto, mirando el techo. Sintió que el aire se espesaba, como si alguien hubiera cerrado todas las puertas del mundo. La sombra no llegó, como siempre, en un rincón distante. Esa vez, alguien entró.

Era un niño. O al menos lo parecía. Su piel parecía hecha de ceniza, agrietada como papel quemado. Caminaba lento, arrastrando los pies descalzos, y en su mirada había un brillo húmedo, casi humano. Samuel intentó levantarse, gritar, algo… pero el cuerpo se le volvió de piedra. Sólo los ojos se movían, temblando en la penumbra.

El niño quemado se acercó hasta quedar frente a él. No dijo palabra, sólo inclinó la cabeza, como quien reconoce a otro de su especie. Samuel sintió que una corriente helada lo atravesaba, y luego nada más.

A la mañana siguiente, la cama estaba vacía. La ventana cerrada. Nadie escuchó ruidos, nadie vio nada. Los padres de Samuel aún recorren las calles, pegando carteles con su rostro, con la esperanza que todo sea sólo un mal sueño.

Y en el barrio, algunos aseguran que a veces, cuando las farolas parpadean, se alcanza a ver la silueta de un joven parado a lo lejos. A su lado, un niño cenizo que sonríe, tal vez, en busca de otros como Samuel...

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